9.00 de la mañana en Renfe, solamente mi taxi aparcado en la parada, y yo en el banco leyendo Sinuhé el Egipcio y tomando el solecico a la espera del primer servicio. Dos hombres, uno agarrando al otro que evidentemente no estaba en buen estado.
¿De quien es el taxi?
-Silencio
¿Quien conduce este taxi?
Marisa piensa rápido, me he dicho.
-¿Donde va?
-A su casa.
-Pues espere que se le pase un poco y ahora le llevo.
-No, tranquila que no es violento, es solo que quiere tomarse otra cerveza y yo quiero que se vaya ya a casa.
-De acuerdo, dígame la dirección.
-Ya se la dice él. (será si se acuerda, he pensado yo)
Vale, suba, pero en el asiento delantero y si se encuentra mal me lo dice y paro.
-Me va a dejar usted en un barecito que hay antes de llegar a casa.
-Mire que su amigo me ha dicho que le lleve a casa.
-Sii, es muy buen amigo, me quiere mucho.
-Pues por eso, no me deje usted mal y váyase a su casa.
-Tranquila pues... que ahorita me llama y yo le miento, usted no se preocupe.
Y ahí estaba yo, haciendo de niñera de un hombre, que por edad, bien podía ser mi padre, o quizás no. Al final y muy a mi pesar le he dejado en el bar que me ha dicho, que por cierto, como iría el buen señor que me ha preguntado si estaba abierto.
Colombiano de nacionalidad, porque a pesar de que apenas podía hablar, Colombia le ha salido del alma. Supongo que es lo que ocurre cuando uno sale de su tierra en busca de una vida mejor y descubre que el paraíso no existe y que a dejado atrás lo que mas ama. Supongo que es el precio de la soledad.
Una pena.
